La gestión de los residuos no reciclables ha encontrado en la valorización energética una herramienta clave para reducir el uso de vertederos y generar electricidad y calor. Sin embargo, el sector se enfrenta a un reto aún mayor: descarbonizar sus propias emisiones y convertirse en un sumidero neto de carbono. La integración de tecnologías de captura de carbono en estas plantas marca el inicio de una nueva etapa, donde la innovación tecnológica y la viabilidad económica se dan la mano para cumplir con los objetivos climáticos europeos y globales.
Las plantas de valorización energética de residuos (WtE, por sus siglas en inglés) han sido tradicionalmente valoradas por su capacidad de tratar la fracción no reciclable de los residuos urbanos e industriales, evitando así el vertido y recuperando energía en forma de electricidad y calor. Sin embargo, su contribución al cambio climático ha estado en el punto de mira debido a las emisiones de CO2 que generan durante la combustión.
Lo que a menudo se pasa por alto es que aproximadamente la mitad del dióxido de carbono liberado por estas instalaciones es de origen biogénico. Se trata del carbono que previamente fue absorbido de la atmósfera por la materia orgánica presente en la basura (restos de alimentos, papel, madera, etc.). Si ese CO2 biogénico se captura y almacena de forma permanente, en lugar de volver a la atmósfera, la planta de valorización energética se convierte en un sumidero neto de carbono, generando las denominadas emisiones negativas. Este concepto, respaldado por informes del IPCC y por asociaciones como ESWET, transforma por completo el papel ambiental del sector.
Según el primer informe de mercado elaborado por la asociación europea de proveedores de tecnología para la valorización energética (ESWET), el sector está abandonando progresivamente la fase de construcción masiva de nuevas plantas para adentrarse en un ciclo de modernización, renovación tecnológica y descarbonización. El volumen global de adjudicaciones de nuevas instalaciones se mantiene estable, pero las dinámicas regionales muestran dos modelos diferenciados: mientras Asia (con la excepción de China) continúa expandiendo su capacidad con nuevos proyectos, Europa, Oriente Medio y África (EMEA) concentran sus esfuerzos en actualizar las plantas existentes y en prepararlas para la captura de carbono.
En ese nuevo paradigma, las prioridades de inversión se desplazan hacia sistemas avanzados de limpieza de gases de combustión, la valorización de escorias de fondo y, sobre todo, la integración de tecnologías de captura, utilización y almacenamiento de carbono (CCUS, por sus siglas en inglés). La eficiencia energética y la recuperación de materiales —como metales a partir de las cenizas— se suman a la producción de combustibles de bajo carbono y al suministro de calor a redes urbanas, diversificando el modelo de negocio de las instalaciones.
La captura de carbono en el ámbito de la valorización energética se basa, en la mayoría de los casos, en procesos de postcombustión que utilizan disolventes químicos, como las aminas, para separar el CO2 de los gases de escape antes de que lleguen a la atmósfera. Tras la absorción selectiva, el dióxido de carbono se libera del disolvente mediante calor, se comprime y se acondiciona para su transporte y almacenamiento definitivo en formaciones geológicas profundas o para su uso industrial en la fabricación de combustibles sintéticos o productos químicos.
Los datos reales de rendimiento y la resistencia de los disolventes son críticos para el escalado comercial. Por ello, los proyectos piloto resultan esenciales para evaluar aspectos como la tasa de captura, la degradación del solvente y el consumo energético asociado. Un ejemplo de referencia es el ensayo que la compañía británica Enfinium ha puesto en marcha en su planta de Ferrybridge-1 (West Yorkshire), utilizando tecnología suministrada por Hitachi Zosen Inova (HZI). Este piloto tiene capacidad para capturar una tonelada diaria de CO2 y está previsto que funcione durante al menos doce meses, probando distintas formulaciones de aminas para optimizar la eficiencia.
El proyecto de Enfinium en Ferrybridge es el primer piloto de captura de carbono en una planta de valorización energética del Reino Unido. La iniciativa no solo valida la tecnología en condiciones operativas reales, sino que sienta las bases del ambicioso plan de la empresa para desplegar sistemas de captura y almacenamiento de carbono (CAC) en las seis instalaciones que gestiona en el país. Con una inversión prevista de hasta 1.700 millones de libras, Enfinium aspira a eliminar alrededor de 1,2 millones de toneladas de carbono al año durante la década de 2030, generando eliminaciones netas de carbono a gran escala.
Las declaraciones de los responsables del proyecto subrayan la relevancia estratégica de este tipo de iniciativas. Mike Maudsley, consejero delegado de Enfinium, afirmó que la tecnología CAC es “fundamental para descarbonizar los residuos no reciclables y generar eliminaciones de carbono a gran escala que permitan al Reino Unido alcanzar el objetivo de cero emisiones netas”. Por su parte, Bruno-Frédéric Baudouin, CEO de HZI, destacó que el proyecto “amplía significativamente nuestra base de conocimientos sobre captura de carbono y servirá de trampolín para ofrecer soluciones de descarbonización en todo el mundo”.
La madurez tecnológica alcanzada por los proyectos europeos —como los de Oslo y Copenhague— contrasta con la ausencia de un marco normativo completo a nivel de la UE que impulse la implantación masiva del CCUS en el sector de los residuos. La ESWET ha señalado que la futura certificación de las eliminaciones de carbono promovida por la Comisión Europea debe articularse con coherencia para no generar contradicciones con otros instrumentos de descarbonización ya existentes. Un sistema de certificación robusto aportaría la visibilidad necesaria para que los inversores apuesten por estas infraestructuras.
Entre las demandas del sector destaca la necesidad de contar con un marco legislativo claro, el acceso a financiación europea específica y la creación de incentivos comerciales que reconozcan tanto la eliminación de CO2 fósil como la de origen biogénico. La ESWET insiste en que “una regulación clara proporcionará visibilidad a los inversores y facilitará nuevos proyectos”, permitiendo que toda la cadena de valor —transporte, almacenamiento y utilización del carbono— se desarrolle de forma coordinada.
A continuación, se resumen las condiciones clave que la industria considera imprescindibles:
Lejos de limitarse a gestionar la basura, las plantas de valorización energética del futuro se configuran como nodos de una economía circular avanzada. La combinación de captura de carbono con técnicas de recuperación de materiales y energía permite cerrar ciclos, reducir la dependencia de materias primas vírgenes y suministrar calor descarbonizado a distritos urbanos e industrias. Esta visión encaja con iniciativas como el Clean Industrial Deal de la Comisión Europea, que refuerza el papel de la circularidad y la descarbonización industrial como pilares de la autonomía estratégica del continente.
El conocimiento detallado del mercado, facilitado por informes como el de ESWET, resulta esencial para anticipar tendencias de inversión y orientar el desarrollo tecnológico. La valorización energética, en su nueva identidad descarbonizada, se convierte en un complemento indispensable del reciclaje para la fracción residual de los residuos, contribuyendo a los objetivos climáticos mientras se asegura el suministro energético y se generan materias primas secundarias.
La combinación de plantas que queman residuos para producir energía con sistemas de captura de carbono puede sonar compleja, pero la idea es sencilla. Buena parte del dióxido de carbono que sale por sus chimeneas proviene de restos de comida y papel que, de no haberse quemado, se habrían descompuesto en un vertedero emitiendo metano. Si en lugar de liberar ese CO2 a la atmósfera lo capturamos y lo guardamos bajo tierra, estamos retirando carbono del aire y, al mismo tiempo, aprovechamos la energía de la basura y recuperamos materiales valiosos.
Los primeros proyectos reales ya están funcionando, como el de Enfinium en Inglaterra, y demuestran que se puede dar el salto del laboratorio a la práctica. Para que esta tecnología se extienda más rápido, necesitamos reglas claras y apoyos económicos que premien a quienes eliminan carbono. Si logramos extender estos sistemas a las cientos de instalaciones que existen en Europa, la valorización energética dejará de ser solo una solución contra los vertederos para convertirse en una herramienta potente en la lucha contra el cambio climático.
Desde la óptica de la ingeniería de procesos y la economía industrial, la integración del CCUS en plantas WtE introduce un nuevo paradigma operacional. La fracción biogénica de los residuos —cercana al 50% del carbono total emitido— convierte a estas instalaciones en candidatas idóneas para generar emisiones negativas cuando se aplica captura postcombustión con almacenamiento geológico permanente. Los pilotos con disolventes amínicos, como el de Enfinium-HZI, están aportando datos críticos sobre eficiencias de captura, degradación y consumos energéticos, factores que determinarán el coste marginal de la tonelada de CO2 evitada y la viabilidad de un despliegue a escala de gigatoneladas.
El principal cuello de botella no está ya en la tecnología, sino en la configuración de un marco regulatorio que proporcione certidumbre a los operadores e inversores. Es necesario que el mecanismo de certificación de eliminaciones de carbono de la UE reconozca explícitamente el valor de las emisiones negativas biogénicas y establezca metodologías de contabilidad robustas. Asimismo, el sector demanda una coordinación efectiva entre las políticas de gestión de residuos, las de descarbonización industrial y las de desarrollo de infraestructuras de transporte y almacenamiento de CO2, con el objetivo de evitar duplicidades y maximizar la eficiencia de los recursos públicos y privados. Si estas condiciones se cumplen, la valorización energética de residuos con captura de carbono puede escalar rápidamente y jugar un papel central en los balances nacionales de carbono de la próxima década.
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